¿Un Mundial para celebrar o un Mundial para olvidar?

Por César Adrián - junio 12, 2026



Cada cuatro años, el fútbol tiene la extraordinaria capacidad de detener al mundo. Las diferencias políticas parecen disminuir, las rivalidades cotidianas se transforman en pasión deportiva y millones de personas encuentran un punto de coincidencia alrededor de un balón. El Mundial representa mucho más que un campeonato: es una experiencia cultural, económica, social y emocional que trasciende fronteras.

México vuelve a ser protagonista de esta historia al convertirse en uno de los países sede de la Copa del Mundo de 2026. Para muchos será motivo de orgullo; para otros, una oportunidad de mostrar al mundo la riqueza cultural, la hospitalidad y la capacidad organizativa del país. Sin duda, el torneo traerá inversiones, turismo, derrama económica y una atención internacional que pocas naciones tienen el privilegio de recibir.

Sin embargo, mientras las luces de los estadios se encienden, surge una pregunta inevitable que merece ser planteada con seriedad: ¿puede un evento deportivo de esta magnitud modificar la percepción de una realidad que millones de mexicanos viven todos los días?

La respuesta no es sencilla.

Desde hace varios años, la principal preocupación de los ciudadanos continúa siendo la seguridad pública. Las cifras oficiales, los reportes periodísticos y, sobre todo, las experiencias de miles de familias reflejan una realidad compleja en diversas regiones del país. La violencia, las desapariciones, las extorsiones y el control territorial ejercido por grupos criminales siguen ocupando un lugar central en la conversación nacional.

Al mismo tiempo, el escenario político mexicano atraviesa uno de sus momentos más intensos. La polarización ha dividido opiniones, mientras que distintos actores nacionales e internacionales han colocado bajo los reflectores temas relacionados con la corrupción, la transparencia, el combate al crimen organizado y la relación bilateral entre México y los Estados Unidos.

En ese contexto, el Mundial aparece como un enorme escaparate de optimismo.

Y no hay nada malo en ello pues las sociedades también necesitan motivos para celebrar. Necesitan espacios donde la convivencia sustituya, aunque sea por unas horas, la confrontación política. Necesitan emocionarse con un gol, abrazar a desconocidos y recordar que existen elementos capaces de unir a personas que piensan completamente distinto.

La historia ofrece numerosos ejemplos de gobiernos que han intentado capitalizar políticamente grandes eventos deportivos. No importa si se trata de democracias o de regímenes autoritarios. El deporte posee un enorme valor simbólico porque genera identidad nacional y fortalece el sentido de pertenencia. Los gobernantes lo saben perfectamente.

Eso no significa, necesariamente, que cada Mundial o cada competencia internacional sea organizada con el propósito de distraer a la población; Sería una simplificación injusta. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que los gobiernos suelen aprovechar los momentos de mayor entusiasmo colectivo para fortalecer su imagen pública y destacar logros de gestión, la política y el deporte llevan décadas compartiendo escenarios.

Mientras la opinión pública analiza alineaciones, convocatorias y resultados, el debate político pierde intensidad. Las primeras planas cambian de protagonistas. Las redes sociales modifican sus tendencias. Los espacios informativos destinan más tiempo a las coberturas deportivas que a otros temas de interés público.

No es censura, tampoco necesariamente manipulación; Es, simplemente, el comportamiento natural de una sociedad fascinada por uno de los espectáculos más importantes del planeta.

La verdadera responsabilidad, entonces, no recae únicamente en los gobiernos. También corresponde a los medios de comunicación y, sobre todo, a los ciudadanos.

Disfrutar del Mundial no implica renunciar al pensamiento crítico, celebrar un triunfo de la Selección Mexicana no obliga a dejar de exigir mejores resultados en materia de seguridad, salud, educación o combate a la corrupción.

Una sociedad madura puede hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Puede cantar el Himno Nacional antes de un partido y, al día siguiente, seguir preguntando por las víctimas de la violencia.

Puede celebrar un gol y continuar demandando justicia.

Puede sentirse orgullosa de mostrar al mundo un país capaz de organizar una Copa del Mundo y, simultáneamente, exigir que ese mismo país garantice paz, legalidad y oportunidades para todos.

En los últimos años, la relación entre México y los Estados Unidos también ha estado marcada por declaraciones, investigaciones, procesos judiciales y diversos señalamientos relacionados con el combate al narcotráfico. En un Estado de derecho, esos asuntos deben analizarse con base en pruebas, investigaciones formales y resoluciones de las autoridades competentes, no únicamente desde la especulación o la confrontación partidista.

Precisamente por ello, el Mundial no debería convertirse en un motivo para suspender el debate democrático.

Al contrario; una democracia sólida es aquella donde la ciudadanía es capaz de disfrutar sus momentos de alegría sin dejar de vigilar el ejercicio del poder.

Porque cuando el árbitro marque el final del torneo, las cámaras internacionales se retirarán, los turistas volverán a sus países y los estadios recuperarán su rutina. Pero México seguirá enfrentando exactamente los mismos desafíos que tenía antes del primer silbatazo.

Seguirá siendo indispensable fortalecer las instituciones, recuperar la confianza ciudadana, combatir la impunidad, garantizar el acceso a la justicia y construir condiciones de paz duraderas.

El Mundial será pasajero, pero los problemas nacionales permanecerán.

Quizá la mayor victoria que México puede obtener durante esta Copa del Mundo no dependa del marcador ni de levantar un trofeo. Tal vez el verdadero triunfo consista en demostrar que somos una sociedad capaz de celebrar sin olvidar, de emocionarse sin dejar de pensar y de disfrutar el deporte sin perder de vista la realidad.

Porque los campeonatos terminan y las administraciones públicas también.

Pero las decisiones que hoy se toman en materia de seguridad, economía, justicia y desarrollo marcarán el destino de generaciones enteras.

El balón comenzó a rodar y millones de mexicanos volverán a ilusionarse. Ojalá esa misma pasión con la que alentamos a nuestra selección se transforme también en un compromiso permanente por exigir mejores gobiernos, instituciones más fuertes y un país donde la esperanza no dependa únicamente de un resultado deportivo.

Ese sería, sin duda, el campeonato más importante que México podría ganar.

#LaHistoriaSigue

 

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